jueves 24 de abril de 2008

Cementerio 4 segunda parte


Tomás Alberto Castro Lara, el soldado mas joven de esta guerra improvisada escucha en silencio la canción salir de la fortaleza enemiga, sus compañeros ríen y aplauden pero el permanece sombrío, es la confirmación de su sospecha, solo existe alguien capaz de tocar sus diez canciones favoritas en orden ascendente. Una agitación le recorre la espina. ¿Qué demonios hace el ahí adentro?
Tomás se desliza entre cruces oxidadas y querubines mutilados, mientras se pregunta que tan grave será su propia situación, se dirige a la zona este de la necrópolis, los únicos dos lugares donde el se podría encontrar están ahí: la tumba de su novia o la de la mujer del esqueleto.
La cara principal de la iglesia carece de ventanas, la puerta, sellada desde siempre por barras de un sospechoso metal oscuro, evita con mayor eficacia la salida que la entrada. Tres peldaños de roca esculpida a mano la conectan con un sendero de adoquines invadido casi por completo por la maleza. A un lado y al otro de la calzada se elevan imponentes mausoleos. Es la zona burguesa y está a un costado del campamento policial, en la zona menos vigilada.
Desde sus días de adolescentes Tomás, Alba y el solían venir a diario, tenían una cordial amistad con la mayoría de los habitantes y conocían a perfección cada tumba y cada accidente del terreno, por lo que cualquiera de ellos se podría esconder en las sombras y atravesar las tiendas policiales sin ser advertido. Así lo hace Tomás para evitar explicaciones incomodas, llega rápido a menos de cien pasos de su objetivo final y saluda a Doña Carmelia quien se afana en arrancar con un largo plumero polvoriento las abundantes telas de araña de su “pequeño chalet invernal” como ella misma le llama. Su rostro carece casi totalmente de piel, la nariz ganchuda y los ojos hundidos, empotrada en pomposo vestido de diseñador francés del siglo XIV. Sostiene el plumero traído de las indias con las manos huesudas y ostenta el cabello como un impecable nido de oropéndola.
Buenas noches Doña Carmelia, dice Tomás y levanta la voz pues sabe de la sordera de la matriarca. Un grupo de chiquillos aparece en el aire frente al joven y con gran alboroto lo atraviesan gritando: ¡Tomás la queda, Tomás la queda!
Pero el los ignora, esta noche no vino a jugar. Tomás la queda, grita el más pequeño mientras doblan la esquina huyendo ahora de los ademanes amenazadores de doña Carmelia.
Es una barbaridad como se relaja la gente después de muerta, no es de buena sociedad eso de dejar a los chiquillos corretear por las calles como hacen los salvajes. A fe mía Tomasito, este residencial ya no es el de antes, ha perdido mucho prestigio en el último medio siglo. Pero dígame: ¿Es cierto eso de que se ha vuelto usted militar y que por esa razón la encantadora Alba no quiere saber nada de su merced?
¿Hace cuanto estuvo el aquí?
No hará veinte minutos, no ha dejado de venir una sola noche desde que se encerraron ahí, se queda en la tumba de esa mujer, parece que aun le obsesiona la idea de tocar con ese horrible esqueleto. ¡Gracias a la virgen nunca se a aparecido por aquí! No es que su música este mal, de hecho nunca en mi vida escuche mejor violín, ni en Londres ni en París y tampoco en mi muerte he logrado escuchar nada que le supere. ¡Pero tiene tan mala reputación! Dicen que viene hacia acá, nadie sabe como reaccionará al ver el lugar en el que yace su amada, pero temen que no sea algo bueno.

Me encantaría escucharle de nuevo, desde luego, una dama de sociedad sabe disfrutar una buena interpretación. Pero para ser honesta, no tengo ánimo para soportar su quijada colgante ni ese andar prepotente. ¡Hay, las cosas terribles que dicen de el!


Tomás lo sabe ahora, como supo hace años, esos sueños eran presagios, la abuela tenía razón. Lo sabe, pero necesita verlo.
Camina en línea recta, no se da cuenta de que abandona el sendero, de que atraviesa las tumbas, sin peso ni sustancia. Esos muchachos se deben cuidar más o pronto lo tendremos entre nosotros. Sentencia Doña Carmelia, su esposo aprueba en con un gesto desde su mecedora mientras mira sobre su añejo ejemplar de “El fantasma de Canterville” al joven que se aleja corriendo.





Cementerio 1
Cementerio 2
Cementerio 4 primero
Cementerio 4 tercero
Cementerio 4 final